domingo, 30 de noviembre de 2014

EL CONCEPTO DE POPULISMO
            Actualmente, en boca de algunos dirigentes de los principales partidos políticos españoles oímos con mucha frecuencia el término peyorativo de populista: Podemos es populista, los populismos amenazan Europa, Rajoy llevó a cabo una oposición populista a Zapatero...
            Pero, ¿qué se entiende en el mundo actual por populismo? Observando ciertas políticas públicas en algunos países europeos y latinoamericanos más algunos comportamientos de ciertos líderes, a mi modo de ver, podemos entender este concepto, en primer lugar, como un conjunto de aspectos formales caracterizados por: la existencia generalmente de un lenguaje informal en el discurso; la tenencia de una estética popular de forma intencionada; la presunta defensa de los considerados más débiles (mujeres, ancianos, pobres...); la apelación a las emociones fáciles para ganar apoyo (demagogia); la escasa solidez intelectual del discurso (la mayoría los funcionarios son vagos, los empresarios son explotadores...); la dureza en el lenguaje contra el enemigo; la falta de sinceridad , en muchas ocasiones; más una comunicación política próxima física y socialmente con el oyente.
            Exceptuando la cuarta y quinta característica, el resto pueden ser perfectamente incluibles en organizaciones ajenas a estos comportamientos. Por otro lado, no es imprescindible la tenencia de un líder carismático; y está normalmente en contra del uso de la violencia, a pesar de ser un producto pasional.
            En el capítulo de propuestas o de ejecución de políticas públicas populistas, éstas, en primer término, calman las ansias de venganza entre una parte importante de la población (por ejemplo, la hipotética aplicación de la cadena perpetua/pena de muerte, por un lado; o una intensa subida de impuestos a los más potentados económicamente), por lo que la psicología política del potencial votante resulta fundamental.
            Estas propuestas/políticas públicas suelen ser apoyadas por un sector importante cuantitativamente o por la mayoría de la población (véase, por ejemplo, la satisfacción que supone en mucha gente la bajada del IVA), generalmente en sociedades que no han alcanzado un desarrollo democratizador sobresaliente; se dirigen a los débiles; y resultan atractivas a corto plazo desde una óptica utilitarista, pero poco eficientes en términos macroeconómicos (por ejemplo, en relación a estas dos últimas características, podemos citar la ayuda de 300 euros que Monago concedió a las mujeres extremeñas que sufrieron la Guerra Civil).
            Además, en cierta medida, el concepto de populismo también atiende a la cultura política de cada territorio. Por poner dos ejemplos, la reducción del gasto sanitario es impopular en España (país de tradición estatista); pero en Estados Unidos (país de tradición liberal en muchas dimensiones de su economía), su aumento (el Obamacare), es rechazado por más de un 50% de su población por el aumento fiscal que implica.
            En lo que se refiere al espectro ideológico, el populismo es transversal (derechista e izquierdista, o ambos a la vez). Generalmente es más frecuente en una izquierda más en lo económico que en lo respectivo a derechos civiles o a las transformaciones institucionales, dado, en muchos casos, su precario grado de democratización (por ejemplo, el PSUV venezolano). Por ello es más propio de América Latina que de nuestro continente. De hecho, muchos políticos de partidos comunistas europeos ven al populismo endógeno como un conjunto de formas escasamente intelectuales y carentes de unas sólidas bases izquierdistas.
            Por motivos distintos, el populismo de izquierdas es fuertemente rechazado por los partidos conservadores, al verlo como una amenaza al statu quo. Por su parte, el populismo de derechas está habitualmente asociado a la defensa de la dureza en la política penitenciaria contra los crímenes violentos. Es objeto de rechazo, en este sentido, por parte de las élites izquierdistas (no, en cambio, por la mayor parte de su base social).
            El nexo común de los populismos es, pues, el Estado, visto como un instrumento de protección del pueblo frente a los respectivos malhechores.
            Por su parte, la contraposición al populismo –aunque no estricta- es el civismo, que postula la actuación racional de los dirigentes y el respeto a la ética pública y a la legalidad (aunque el populismo no está reñido con ésta última). De ahí que los máximos defensores del civismo sean los liberales.
            En España no existe ningún partido completamente populista, pero sí, de modo parcial, se pueden observar algunas propuestas o comportamientos en algunos partidos que caminan en este sentido: el programa electoral utópico de Podemos para las elecciones europeas de 2014; la apelación de esta formación a los sentimientos, al considerar a la casta culpable de los males de los españoles; el calificativo de sistema putrefacto (por los numerosos casos de corrupción) que Beiras -líder de Anova- hizo del actual régimen político (a pesar de estos y de otros problemas estructurales de índole institucional, España sigue siendo aprobada en cuanto a ética pública y ratio de libertades por Transparencia Internacional y Freedom House, respectivamente); o el programa del PP para las elecciones generales de 2011 en algunos aspectos de la política penitenciaria o en el no cumplimiento finalmente de muchas de sus propuestas económicas.
            Por tanto, el populismo casi siempre aparece asociado a las cuestiones económicas de índole interna y jurídico-penales. Además, todas las prácticas y propuestas/políticas de esta índole no causan casi nunca indiferencia psicológica, tienen una viabilidad compleja bastantes veces y suelen hacer una interpretación maniqueísta de la realidad.

            























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